Las cópulas cósmicas de la mujer libélula
Acto I de un cuento erótico que pone en escena a una hembra andro llegada de ALFA
Nuestra inteligencia tiene en el orden de las cosas inteligibles
la misma fila que nuestro cuerpo en el alcance de la naturaleza.
Pascal, Pensées, II, 72.

La noche es espléndida. La espalda al suelo, el cielo ofrece sobre nuestras cabezas un espectáculo que agarra en este calor daña de verano sobre las orillas del Golfo de Akaba. Las estrellas, los astros, la luna omnipresente y todos estos misteriosos objetos celestiales dibujan el cielo en un mosaico imperceptible.
Sara acurrucarse contra mi. Se nos alarga sobre la arena aún encargada de la energía acumulada después de largo y caliente día de sol intenso, son alargados sobre la espalda, desnudos y sido imbricados uno en otro. Exaltados como si combinamos hacer el amor. Saciado como si habíamos hecho el amor.
Nosotros ser saciadado de juego siempre infantil, las fugas nerviosoa de Sara sobre la duna, mi tentativa estéril de seducción, nosotros ser saciado pero nosotros no tener no hacer amor. Sara se negaba exactamente a este último sacrificio en el último momento, antes de alcanzar el precipicio, al paroxismo de la excitación sexual, ella reanudaba repentinamente conciencia y parecía querer preservarse por otro momento o para algún uno de otro. No podía creerla aún virgen y con todo mis enfoques más sutiles no habían podido hasta ahora conseguir conquistar su inexpugnable yoni. Podía penetrarla, hacerla gozar, conducirlo al límite de la inconsciencia sin nunca depositar mi semilla en el fondo de su vulva.
Nos gustamos, le me gustaba sin duda pero este amor no se consumió. Esta vez también aún, mi semilla fue a perderse sobre sus lados y en las arenas infinitas de la gama.
Éramos allí inmóviles, ante el espectáculo de la noche observando el cielo estrellado, silenciosos nosotros no decíamos palabras. Éramos bienes como si habíamos hecho el amor. Las luces de Akaba centellaban muy cerca - a poca distancia de marcha y con todo muy lejos - separado nosotros por insuperables alambres de espinos, soldados indolentes, baterías armadas. Hace algunos días apenas, había pasado la noche a este otro lugar del lado árabe, acostado en una de las caravanas sirviendo de estudios a los artesanos de la película, a "Laurence de Arabia" vuelto en el desierto de Wadi Rum muy cerca. Observaba entonces las luces de Eilat, attractivas como ninas en calor.


Marco Polo ou le voyage imaginaire (Contes et légendes, août 1998) © 1998 Jean-Pierre Lapointe
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